martes, 26 de febrero de 2008
EL NUEVO SALÓN
Siempre es bueno que llevemos lecturas o que propongamos películas. Ah, y textos para el blog.
Bueno, un abrazo para todos. Manéjense bien.
sábado, 23 de febrero de 2008
martes, 12 de febrero de 2008
LE-ER

Por Margarita Isaza Velásquez
Era un mueble blanco con dos puertas. Cuadrado si se quiere, la verdad es que yo, en mis recuerdos de infancia, lo veo como un bloque enorme que no se me permitía abrir. Algún tesoro debía esconder para que fuera limpiado religiosamente, por dentro y por fuera, todos los domingos por la mañana. Sí, era blanco con una decoración que me enorgullecía: los primeros retratos de mi familia, un poco deformes, que yo había hecho con todo el amor del mundo. Nunca comprendí por qué unos sencillos muñequitos de cabeza enorme le causaban tanto disgusto a mi papá. Como la escena de dibujar los matachos con color anaranjado sobre la madera blanca era repetida, lo mismo que el ritual de la esponja enjabonada, alguien decidió que el blanco del gran estante no era adecuado y que era preferible pintarlo de marrón oscuro antes de que se deteriora más de la cuenta. La solución fue ésa, además de un cuaderno para dibujar que no me gustaba ni cinco y la advertencia de un regaño hecho a mano o por la “chancla milagrosa”, adminículo éste utilizado para conseguir que ciertos hijos obedecieran en un tiempo menor a la tercera repetición de las órdenes.
Mi pasión por la pintura acabó tristemente a la temprana edad de cinco años. En adelante, el reto era con el mueble exblanco y con los libros que sus puertas custodiaban. Las puertas, mitad de madera y mitad de vidrio, corrían el riesgo permanente de ser alcanzadas por una canica, bola de cristal o metra de colores, que salía disparada, con cierta frecuencia, desde el solar, precisamente desde las manos de Cristóbal o de Carlos Emilio, hermanos mayores de quien escribe, en una competencia que pretendía introducir el objeto redondo en un hueco junto al guayabo o en un hueco de la baldosa del patio de ropas. Por algún milagro del Cielo a favor de nosotros, inquietos y pobres infantes, no tuvimos que recoger los pedazos de un desastre ni avisar cabizbajos lo que nunca sucedió con las puertas de la biblioteca. Mientras tanto, los librejos seguían esperando a que yo dejara de leer avisos de negocios (es-ta-ci-ón-de-ser-vi-cio) y vallas publicitarias (co-ca-co-la), para que me dedicara a títulos edificantes que en el futuro mis mayores habrían de proponerme.
A pesar de los cuidados y la dedicación que el mueble marrón merecía, nunca lo encontré ordenado, excepto por aquella vez que me correspondió limpiar carátula por carátula y acomodar los ejemplares por orden de estatura. En los días normales de la biblioteca, cuando nadie la abría, a menos que fuera necesario camuflar el rebujo entre una y otra enciclopedia, pequeños bolsilibros de Colcultura yacían sobre la Nueva historia de Colombia y Los clásicos Jackson Grolier. Entonces, creo yo, no leíamos porque parecía imposible dedicarnos a una novela o a un cuento sin causar alguna catástrofe que hiciera derrumbar la fila de libros en cada entrepaño, lo mismo que en una hilera de fichas de dominó cuando un movimiento en falso de una sola hace caer al resto. La diferencia es que a las fichas no hay que recogerlas como si pesaran una tonelada, no hay que limpiarlas con sumo cuidado y mucho menos hay que volverlas a acomodar en un estante enorme para mí e insuficiente para tantos libros. Claro que esa no era la única razón para evitar los grandes volúmenes, también estaba la profunda emoción que nos causaban los muñequitos de la caja Challenger, a todo color en sus trece canales. No se podía comparar a Las tardes felices de Radio Caracas Televisión con miles de letricas que no ofrecían dibujo alguno y mucho menos sonido de tira cómica. Las grandes excepciones, no por el sonido de tira cómica, eran el Átlas bachillerato, la Enciclopedia familiar de la medicina, Los secretos del Vaticano y El gran libro de Colombia, todos, menos el primero, llenos de fotos a todo color de lugares desconocidos para nosotros, incluso los de la enciclopedia médica.
Pero de tanto pasar y pasar hojas con imágenes de aquellos libros grandes, terminamos por aprendernos de memoria el orden de las fotos y los pequeños detalles de cada página. La península de Kamchatka nunca llegaría a Sur América y la Capilla Sixtina conservaría su techo con la misma pintura. Una vez más los dibujos y las imágenes se encargaban de hacerme perder el alma de artista plástica. En esa biblioteca, en los libros que solo mi papá leía, debía existir alguna cosa mágica que no le permitía a él desencantarse tan fácilmente como mis hermanos y yo ante las mismas fotografías.
Por su parte, la televisión nos gustaba por las tardes cuando presentaban Meteoro, El pulpo manotas, El capitán Cavernícola –e hijo-, Los pitufos y José Miel. En las noches no había muñequitos sino unas novelas que solíamos no entender y que además nos eran prohibidas por su contenido difícil de explicar a los menores. Como era imposible hacernos dormir temprano, a las ocho de la noche, mis papás tomaron la decisión de leernos los cuentos de la Biblioteca Fantástica de Norma que tenían muchas páginas, muchas letras y algunos dibujos. Estos libros eran demasiado grandes para que mis manos pudieran pasar hoja por hoja sin estar en una posición incómoda. Entonces, cada noche mis papás se turnaban la tarea de leernos Pecesito de oro, Las flores de la pequeña Aída y Los prodigios de Sciro. En la pieza donde dormíamos Carlos Emilio, Cristóbal y yo había una cama y un camarote. Yo me trepaba hasta llegar a la parte más alta y contemplar desde arriba, con cuidado de no caerme, el paisaje de mi papá sosteniendo el volumen y mis hermanos alrededor de él siguiendo cada línea que, por cierto, sonaba con todo y acciones en la boca de mi papá. La entonación no era arrulladora. Yo, al menos, me sumergía en la emoción que las frases tenían. Cada noche leíamos y oíamos uno o dos cuentos, según la extensión y el cansancio del lector. Cuando se cerraba el libro ya era hora de dormir, así que rezábamos al Niño Jesús, a la Virgen María y a San José. A ellos y a los personajes de las historias les encargábamos el alma hasta que, al otro día, llegara mi madre a despertarnos para una nueva mañana.
La colección de cuentos también se agotó en nuestros oídos y creo que las lecturas dejaron de tener gracia con tantas noches de repetición. Nuestra vida cambiaba y los libros seguían siendo los mismos. A mi cotidianidad llegó el colegio y por fin aprendí a leer, Nacho lee se llamaba la cartilla de letras grandes y rojas. Ya no me importaba si el libro traía dibujos o estaba lleno de tinta negra desparramada en rayitas y bolitas que armaban el abecedario. Firmemente creo que aprendí a leer primero que el resto del curso de Nivel B, porque las ilustraciones de la cartilla no me desconcentraban y podía dedicarme a armar sílabas más rápido que María Fernanda, mi compañera de pupitre, y que otra niña que quisiera retarme en la competencia de avisos durante el trayecto hasta la casa, en el transporte de doña Rosa. Nadie mejor que yo para leer avisos, carteles y vallas de la Avenida Primera o del Malecón. Además, las letras se convirtieron en mis aliadas para llegar al mundo de la gente grande como mis hermanos, dos y tres años mayores que yo. A ellos les dio duro la Matemática en la Escuela Guaimaral No. 21 de varones. Para mí, Matemáticas, Español y Sociales nunca fueron un problema. Si mi mamá me dejaba estar con ellos todo el día dando vueltas por el barrio, andando en bicicleta y ganándonos resfriados por cuenta de la lluvia, también tendría que dejarme competir con ellos en asuntos menos peligrosos como la lectura de los libros de la biblioteca. Aquel estante marrón podría ser un buen amigo.
En esa edad en la que empezaba a ser persona, mis familiares me tomaron en serio. El televisor dejó de ser una buena compañía, sobre todo porque era mi papá el dueño de la programación y del único televisor de la casa, ubicado por cierto en el cuarto de los progenitores. Carlos Emilio, Cristóbal y Margarita: resígnense a la cadena uno y la cadena dos. Cuando era hora de las telenovelas como En cuerpo ajeno y Sangre de lobos el aparato Challenger se apagaba y el atril de madera construido especialmente para leer sobre la cama tomaba importancia en nuestras noches y en nuestras vidas. Mi papá se hacía en el costado derecho, junto a la lámpara, mi madre en el izquierdo y los tres muchachitos en donde cupiéramos. La única prohibición era no movernos mucho para no desbaratar la cama, tal y como sucedió varias veces, y no dormirnos, porque quien lo hacía le tocaba irse solito al cuarto sin compasión de monstruos ni del “hombre cucaracha”… así se llamaba la representación actoral que Cristóbal utilizaba, con una sábana amarrada al cuello, para asustarme y hacerme llorar.
miércoles, 23 de enero de 2008
POR QUÉ ESCRIBO
Por Bohumil HrabalHeredero directo de Kafka y, junto con él, uno de los más grandes escritores checos del siglo, Hrabal hace una emotiva exégesis del acto de la escritura. El autor de Una soledad demasiado ruidosa, Yo, que he servido al rey de Inglaterra y Trenes rigurosamente vigilados nos habla aquí de la experiencia literaria como una posesión temprana e irrenunciable; de un oficio que consiste en cortar con el pasado y seguir escribiendo el presente con las mismas tijeras.
A la edad de veinte años no tenía ni idea de qué significaría escribir, qué sería la literatura. En la secundaria continuamente me reprobaban en checo y repetí dos veces el primero y el cuarto de secundaria, prolongando de esta manera dos años más mi juventud... Después de los veinte años se rompió el eje sólido de mi inconsciencia y esta vez caí en manos de la literatura y de las artes plásticas, por lo que leer, mirar y estudiar eran mi pasatiempo. Aún hoy me ponen en un estado de euforia los escritores que amé en mi juventud, y conozco de memoria no sólo el Gargantúa y Pantagruel de Francois Rabelais, sino también Muerte a crédito de Louis Ferdinand Céline, y los versos de Rimbaud y Baudelaire, y aún hoy leo a Schopenhauer, y en los últimos años mi maestro es Roland Barthes... Pero fue Giuseppe Ungaretti quien me inspiró en aquellos lejanos veinte años, y sugestionado por su literatura comencé a escribir versos... y así escalé el hielo sutil de la escritura, y la fuerza motriz de mi escritura era la alegría que me daban las frases que escurrían lentamente de mi alma en las páginas de la máquina de escribir Underwood, y estaba asombrado de lo que se enganchaba a mi primera frase escrita, y así escribía mi diario íntimo, mi correspondencia amorosa, mi monólogo interior combinado con un monólogo provisto de destinatario... Y tenía siempre la impresión de que lo que escribía sólo me pertenecía a mí; que aquello que lograba escribir en las páginas en blanco era algo que me honraba y al mismo tiempo me turbaba. Por aquel entonces, cuando los amigos y los vecinos preguntaban a mi madre cómo iban mis estudios de leyes, mi madre hacía un gesto desconsolado con la mano y decía que “estaba siempre con la cabeza en otra parte”'... Y era así, en aquel tiempo era un muchacho poseído por la escritura, grávido de escritura, y no soñaba otra cosa que en el sábado y el domingo, cuando regresaba a Nymburk de Praga, sobre todo porque los fines de semana la oficina de la fábrica de cerveza era tranquila, y durante dos días podía escribir en la máquina Underwood, podía escribir esa primera frase que viajaba conmigo desde Praga, y después permanecer sentado frente a la máquina y esperar, con los dedos levantados, el instante en que esa primera frase generaría la frase siguiente... Y a veces esperaba una hora o más, en cambio otras veces escribía tan velozmente que la máquina se atascaba y tartamudeaba, era tan enorme el torrente de las frases... y ese flujo y ese escurrir de frases me hizo comprender que “era precisamente lo que se necesitaba”'... Y escribía por la alegría de escribir, por esa euforia que, aun sobrio, mostraba señales de embriaguez... Y escribía según la ley óptica de la reflexión, eso que vivía como un loco... En fin, aprendí a escribir, y esa escritura era un ejercicio, eran variaciones sobre Apollinaire y Baudelaire, más tarde me ejercité con Céline en el flujo del habla de la gran ciudad, y después fueron Babel y Chejov, ellos me enseñaron a reflejar en lo que escribía no sólo a mí mismo sino también al mundo que me rodeaba, me enseñaron a ir hacia mí mismo partiendo de los otros... y me enseñaron qué es el destino. Y después llegó la guerra y se cerraron las universidades, y al finalizar la guerra trabajé en los ferrocarriles, y en mi escritura se coló la Nadja de Bretón y los Manifiestos del Surrealismo... y todos los sábados y los domingos seguía escribiendo, en la oficina solitaria de la fábrica de cerveza de Nymburk, mis notas al margen de lo que veía y que se volvía el destino de los otros. Estaba aterrado y al mismo tiempo me sentía halagado de que lo que escribía, me convertía en un testigo ocular, un cronista poético de los dolores de la guerra, además, todos esos años que pasé escribiendo en mi Underwod, sobre aquella cruda y cruel realidad, me obligué a alejar de mí la lírica juvenil, sustituyendo el triste juego de frases que tendían a sobresalir..., y así continuaba transcribiendo mi monólogo interior que sin embargo tenía un destinatario, pero sin ningún comentario, convirtiéndome en el primer lector de mí mismo, tenía la impresión, cuando miraba esas páginas escritas, como si las hubiera hecho otro..., y me seguía sintiendo honrado de poder escribir, de ser testigo de aquel enorme acontecimiento de mi vida, de poder pensar sólo a través de la máquina de escribir... Y continuaba con la escritura como si estuviera confesándome a mí mismo y también a todo el universo... Y desde entonces siempre he considerado como fuerza motriz de mi escritura el ser testigo, el deber escribir y transcribir todo lo que me impresiona y al mismo tiempo me conmueve, tener que dar testimonio -en la máquina de escribir- no de todos los acontecimientos sino de algunos hechos neurálgicos de la realidad, como si arrojase agua fría sobre un diente que me hace mal... Sin embargo también consideraba esto como un don divino, como me había enseñado el poeta filósofo Ladislav Klima... Y la guerra terminó y me titulé en jurisprudencia, sin embargo caí preso de las leyes de la reflexión óptica en la escritura, dando vida a escenas sobre mis locos oficios; no sólo para empaparme del ambiente que me rodeaba, sino también de lo que escuchaba en las conversaciones de la gente... Y no dejaba de asombrarme que, desde entonces, cada sábado y cada domingo, en la oficina solitaria de la fábrica de cerveza donde trabajaba mi padre con su contadora en los días de asueto, yo seguía registrando las cosas importantes que me habían sucedido durante la semana y lo que inventaba en mi cabecita... y proseguía con el juego, y tenía la impresión de que una hermosa muchacha me untaba en el pecho grasa de ganso, me sentía tan honrado y empapado de mi escritura... Y llegaron a sus fin mis años de aprendizaje, y tenía que abandonar la fábrica de cerveza, tenía que dejar las cuatro paredes y la ciudad donde mi tiempo había empezado a detenerse..., y me transferí a Liben, en la periferia de Praga, a un cuarto, la ex fragua de un herrero, y así empecé no sólo una nueva vida sino también una forma diferente de escribir... Y después durante cuatro años viajé a Kladno para trabajar en los hornos Martín de las acererías Poldi, y mi juego con las frases recibía un estilo diferente... La lírica se volcó lentamente en un realismo total sin que me diera cuenta, porque el trabajo cerca del fuego y el milieu de la acerería con los rudos obreros y sus charlas me parecía enormemente bello, como si trabajara y viviera en el corazón mismo de los cuadros de El Bosco... Y como corté con mi pasado, de alguna manera esas tijeras quedaron entre mis dedos, en ese tiempo comencé a usar las tijeras para escribir textos, trabajaba el texto con la técnica “cutter”', como si fuera una película. Emanuel Frynta escribió sobre mi estilo: que se trata de un “Leicastyle”, que aferro la realidad en los momentos culminantes de la conversación y después hago un texto... Lo consideré un halago, porque en aquel tiempo ya contaba con mis lectores y mis escuchas, porque -como me decían- lograba leer sin pathos... Y en aquel tiempo seguí escribiendo con las tijeras entre los dedos, incluso llegué a escribir sólo para esperar el instante en que pudiera tijeretear el texto escrito y arreglarlo de tal suerte que me asombrase como una película de cine..., y después comencé a trabajar como recogedor de papel viejo, y luego como tramoyista, y no veía la hora de tener tiempo libre para poder escribir para mí y mis amigos, para hacer textos diversos como smizdat y, en fin, ya era un escritor, con original y cuatro copias. Y después me volví un escritor auténtico, a la edad de cuarenta y tantos años comencé a publicar un librito después de otro, y con cada libro casi me enfermaba porque me decía: ahora publican lo que pensaba sólo para mí y para un par de amigos... Y, sin embargo, lectores tenía y tengo cientos de miles, y leen mis textos como si se tratase de un periódico deportivo. Y yo sigo escribiendo, incluso he aprendido a pensar sólo a través de la máquina de escribir, mi juego prosigue con un matiz de melancolía. Paso semanas enteras esperando hasta que dentro de mí se acumulen imágenes, y después llega ese orden, cuando tengo que sentarme a la máquina de escribir y volcar todo en la página que está allí brotándome... Y escribo y me siento halagado por la escritura, aunque después de semejante ceremonia me siento como si hubiera parido cabritas... Y ahora ya me puedo dar el lujo de escribir de un tirón, usar lo menos posible las tijeras, hacer que ese largo texto sea en efecto la imagen de lo que traigo dentro de mí, y que yo, con la punta de los dedos, he volcado en la máquina de escribir... Ahora que ya soy viejo puedo darme el lujo de escribir sólo lo que tengo ganas de escribir, si me observo con la mirada de hoy, me doy cuenta de que aquellos largos textos premier mouvement los escribí como si respirara, como si en el instante en que con la banderola me doy la señal de partida, hubiese aspirado las imágenes que me obligaban a escribir, y después las hubiese exhalado a través de las teclas de la máquina... y de nuevo aspiro mi álbum interior de acordeón, y de nuevo lo exhalo a través de la escritura... casi al ritmo de los pulmones, al ritmo de un fuelle de herrero, yo mismo me muevo rítmicamente y me calmo, por eso mi escritura sigue el movimiento de un gran juego, así como trabajan las cuatro estaciones... Sólo ahora me percato de que la escritura me trajo el conocimiento, sólo ahora he alcanzado la esencia del ludibrio, que es la esencia de la filosofía de Ladislav Klima... Pienso que sólo a través de la escritura he logrado, en esta vida, alcanzar muchas veces la capacidad de ser idéntico a la melancólica trascendencia, de la misma manera como encajan los botones koh-i-noor Waldes uno dentro del otro y se cierran automáticamente. Me da mucha alegría ver que al adelgazamiento en mi escritura corresponde un aumento en mi persona, por eso soy un perenne principiante cuyo soporte es la palabra deleite... y por tanto el amor... Y que también los dolores y los golpes del destino los considero un juego, porque en la literatura lo más hermoso es que en el fondo ninguno está obligado a escribir. Por lo cual ¿dónde está el dolor?, todo no es más que un juego de los hombres; la eterna imperfección en el diamante al cual se refiere Gabriel Marcel... Cuando empecé a escribir fue sólo para aprender a escribir... Ahora, sin embargo, sé con el cuerpo y con el alma lo que me ha enseñado Lao-tsé, que lo supremo es saber que no se sabe... Y lo que me sugirió Nicolò Cusano, la docta ignorantia... Ahora que con la escritura he alcanzado la culminación del vacío, espero que se me conceda en mi lengua materna descubrir al final, por medio de la escritura, no sólo en mí sino también en el mundo, lo que aún no sé.