lunes, 26 de noviembre de 2007

SOMOS AMIGOS

UNA CUENTISTA BUENA ES DIFÍCIL DE ENCONTRAR

Por Claudia Arroyave

Según la reciente publicación en español de sus Cuentos completos, la obra de esta escritora norteamericana no supera los 31 relatos. Cargada de una sencillez magistral, Flannery O’Connor es, sencillamente, una deliciosa compañía siempre

Es mejor leer a Flannery en las mañanas, incluso antes de bañarse, porque mientras el agua sale de la ducha, las imágenes del cuento recién leído se pasean por la cabeza, revolotean adentro como pelotitas de lotería en una urna y se transforman, de pronto, en un monosílabo: “¡Uuuy!”, o en un adjetivo: “¡Tremendo!”, o en una interrogación: “¿Cómo es posible que un vendedor de biblias…?”.

A todos nos pasa: hay momentos en los que quisiéramos evadirnos, abrir un libro y masticar una historia corta y profunda, que nos renueve. Con las novelas uno siempre está esperando que pase algo, en medio de las interrupciones que son puntos suspensivos. Pero con los cuentos uno espera todo de una vez. Al terminar, algo tiene que haber cambiado, si no, no hay caso.

Y ahí están mis cuentistas favoritos. A excepción de Clarisse Lispector, Marvel Moreno y Margarite Yourcenar, todos hombres. “¿Qué otra mujer?”, le pregunté a un amigo. “¡Flannery O’Connor!”, me dijo, y ya soy yo la que la alabo.

Ahora la busco cada mañana, a ella que algún día dijo a un grupo de estudiantes con intenciones creativas: “La única manera de aprender a escribir cuentos es escribirlos, y luego tratar de descubrir qué es lo que se ha hecho”; a ella que me hizo devorar sus Cuentos completos, publicados en una edición DeBOLS!LLO (así se llama, me fijé bien), muy económica por cierto, en cuyo prólogo Contra el lector aburrido, acertadamente Gustavo Martín Garzo afirma: “El lector tiene ahora la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás”.

Ahí está, pues, metida en un libro gordo (849 páginas), pequeño y liviano, del tamaño de un cofre para guardar aretas. Están metidas sus historias, digo, porque el 3 de agosto de 1964, a sus treinta y nueve años, Flannery emigró al planeta del misterio al que van todos almas alguna vez. Se fue después de una enfermedad incurable, con la impuesta unción de los enfermos y un largo coma que tal vez fue su última metáfora.

Pero antes de la inminente despedida, apenas supo que tenía la misma enfermedad que se había llevado a su papá en 1941, se fue a vivir con su mamá a una granja cerca de Milledgville, en el Estado de Georgia, al sur de los Estados Unidos. Allá se dedicó simultáneamente a la cría de pavos reales y a la escritura de cuentos; allá vivía cuando se publicó en 1955 su primer libro de cuentos Un hombre bueno es difícil de encontrar, diez historias que justifican esta afirmación: “Flannery O’Connor es la gran narradora norteamericana del siglo XX”.

La vida suya parece uno más de los cuentos tristes que fue componiendo día a día en jornadas largas que comenzaban a las nueve de la mañana. Yo me la imagino sentada muy juiciosa, saliéndose del mundo frente a las hojas blancas, esforzándose por demostrar que “el arte es el hábito del artista”. También la imagino caminando apoyada en su muleta y contemplando sus pavos reales. Pero la imagino, no más, porque ella es prudente y no se rebela en sus cuentos. Sus historias son ficciones, no autobiografías, y parten, siempre, de uno o dos personajes con los que uno se familiariza y encariña antes de que ellos den el golpe final.

Esos personajes habitan un mundo rural. Los hay abuelos, adultos, jóvenes y niños; blancos, negros, polacos; religiosos, pecadores, ateos; todos distintos y claros ejemplos de una de las creencias de la escritora: “En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción en la historia”.

Al respecto, crean su acción un abuelo campesino resignado a vivir en un apartamento citadino, absolutamente aburridor, enamorado de un geranio vecino; Ruller, el niño introvertido que juega a cazar un pavo; Ruby, la mujer robusta que sueña con mudarse de casa.

Pero son increíblemente llamativas las personalidades de la abuela y del “Desequilibrado” en Un hombre bueno es difícil de encontrar, que no es una historia de amor, sino un viaje que hacemos rumbo a Florida montados en el carro de Bailey, con él, su esposa, sus hijos y su madre (la abuela del cuento); del general Sash que tenía ciento cuatro años y vivía con su nieta de setenta y dos, en Un encuentro tardío con el enemigo; del vagabundo Shiftlet, quien provoca un ahogo al lector en La vida que salvéis puede ser la vuestra; y de la joven con la pierna de palo y el vendedor de biblias en La buena gente del campo.

Y podría seguir señalando a los personajes de Flannery, pero ya que la encontré y mastiqué sus cuentos una vez, sería bueno releerla: volver a ella, sin duda, será otro descubrimiento.

Para El Transeúnte
Medellín, 27 de septiembre de 2007

UNA ESCRITORA JOVEN


Por Anamaría Bedoya Builes

Este sábado 15 de septiembre en el Jardín Botánico a las 7:00 p.m., en el salón de Juego literario, Claudia Arroyave estudiante de último semestre de la facultad de comunicaciones, lanzará su primer libro.



Claudia

En la tierra fría de Porfirio Barba Jacob, Santa Rosa de Osos, salió del vientre de Amparo Villa un veinte de agosto de 1983 una niña que veinticuatro años después le contaría al mundo qué pasa mientras Dios descansa.

Explosiva, cambiante, aventurera, anárquica, soñadora, existencial, impulsiva, bohemia, sencilla, tierna, talentosa... así es Claudia Arroyave, o “Koleia Arvila” un seudónimo que contiene una historia y amerita ser contada en otra ocasión por esto hablaré de la primera.

“La primera vez que hablé con Claudia yo iba tarde para la clase, me la encontré afuera del salón, me dijo que nos habían mandado a ver televisión a otra aula porque una avioneta se había chocado contra las torres gemelas. Íbamos preparadas para la clase, habíamos escuchado radio y visto noticieros así que nos sorprendió que Colin Powell cancelara su visita a Colombia por un simple accidente” cuenta Viviana Pineda, su mejor amiga. Las dos estudiaron periodismo en la Universidad de Antioquia, carrera que Claudia escogió gracias a Gabriel García Márquez.

A la edad de quince años, Claudia viajó a Medellín desde su pueblo junto a su familia. Gracias a su buen nivel académico, el Colegio Teresiano Santa Lucía la recibió en mitad de año para hacer el grado décimo. Terminó su bachillerato y cómo muchos jóvenes de su edad cargó con un signo de interrogación ante qué hacer con su vida.

Comenzó a estudiar negocios internacionales y al mismo tiempo tomó clases de guitarra. Todo el tiempo escribía en libretas, diarios, en sus manos, en sus zapatos, en las paredes de su cuarto y en cuanta cosa fuera rayable. Conoció un artesano en la calle y aprendió a hacer artesanías: manillas, collares, aretes. Decidió retirarse de la universidad porque eso no era lo suyo, ella quería ser actriz. Ingresó a una academia de teatro, allí comenzó a acercarse a la lectura. En una visita a su pueblo, John, su mejor amigo, descubrió que Claudia ya no era esa quinceañera que vio salir del pueblo: “hacía mucho rato que no la veía, estaba sentada en el parque de Santa Rosa de Osos mirando la luna. Ella es una persona kairológica”.

Todo iba muy bien hasta que un día, por esas cosas inexplicables de la vida, el destino desvió su camino. Claudia necesitaba un transplante urgente de córnea en el ojo derecho una incapacidad de tres años suspendió su sueño de estar en las tablas.

La depresión la invadió. El remedio, paradójicamente a pesar de su reciente operación, lo encontró en los libros, a partir de ese día sus ojos se convirtieron en su principal herramienta. Cortazar la sumergió en el sueño de conocer Argentina y García Márquez la envolvió en el deseo de ser periodista. Esta mujer, con un estado delicado de salud, dedicó sus tardes a estudiar álgebra, su recompensa fue el ingreso al pregrado de periodismo de la Universidad de Antioquia.

“Se mantenía vestida con unas faldas extrañas que ella misma diseñaba, tan largas que arrastraban por el piso, mantenía las manos llenas de manillas, era muy inquieta y preguntona, salía con las cosas más cómicas y los personajes más extraños. Un día, llevé a los alumnos al centro y cuando miré a Claudia ya iba montada en una carreta hablando con un señor”. Esto cuenta Juan José Hoyos.... a quien ella considera su maestro. La historia de una peluquería gay en La Minorista, plaza de mercado popular, su primera historia narrativa, atrapó la atención de Juan José quien comenzó a prestarle libros de literatura clásica y la invitó a hacer parte del Club de Lectura John Reed, un espacio extra-clases para leer y conversar de literatura.

Luego de estar en la universidad entusiasmada con su carrera, el ojo izquierdo pedía, también, con urgencia un transplante de córnea, estaba en segundo semestre y tuvo que emprender una carrera contra el tiempo para entregar sus trabajos finales antes de la intervención quirúrgica. El silencio durante casi cuatro meses después de la operación dibujó en su rostro a la tristeza. Un año después de la primera operación, con el objetivo de eliminar su miopía se sometió a una intervención láser que el ojo rechazó y además perjudicó el transplante de córnea. Claudia sólo ve bien por su ojo izquierdo. “Son ojos especiales que pueden ver cosas que otros no” dicen Juan José.

Colima

Doña Amparo trabajaba como maestra en la vereda los Llanos de Cuivá. Todos los días viajaba en volqueta con Claudia de apenas cuatro años y la dejaba en el kinder los Capullitos con una colega suya y al final de la jornada laboral regresaba con ella al pueblo. De estos recorridos nació el amor de Claudia por los viajes y las aventuras. Su primera y más profunda experiencia fue en Colima, México, por medio de un intercambio que obtuvo en sexto semestre de su carrera, a la Universidad de Colima.

Dos viejos que tocaban música en un parque de Colima fueron víctimas de la curiosidad de Claudia y el motivo de aplausos de un curso sorprendido ante una colombiana que les mostraba como hacían crónica en la escuela de donde ella venía. Su maestra colimense encantada por el talento de la nueva alumna publicó la crónica en el suplemento literario del periódico “Ecos de la costa” y allí Claudia trabajó escribiendo durante todo el tiempo que se quedó en México. Sus compinches en las noches fueron Rulfo, Chejov y Yourcenar.

Fue en un taller de narrativa con el escritor mexicano Bernardo Ruiz donde nació la idea de crear un libro de cuentos, el primero de ellos lo llamó “En la cantina el cantinero”. Fue en México donde conoció a Saramago y a García Márquez en una feria del libro. Fue en ese país tan encantador donde vivó el último mes de su estadía en una playa con un grupo de hippies con los que vendió pan y se alimentó de pescado.

El regreso

Después de semejante viaje y experiencia volvió Colombia como a quien expulsan del paraíso, pero aquí la vida le tenía otra sorpresa. Desubicada y apenas adaptándose, un amigo le propuso presentarse para el concurso “Beca a la creación” un programa de la Alcaldía de Medellín, que apoya proyectos literarios. Ella retomó lo aprendido en México y del curso con Bernardo Ruiz aprovechó su proyecto de un libro de cuentos y lo presentó al concurso.

Desprevenida, un mes después de la convocatoria, recibió la noticia de ser la ganadora de la beca. Al mismo tiempo Carlos Enrique Restrepo, alcalde de Santo domingo, el pueblo frío, feo y faldudo de Tomás Carrasquilla le propuso desarrollar un proyecto cultural en el municipio sobre este escritor costumbrista. Durante un año, Claudia estuvo lejos de la academia, de la ciudad, de las noticias. Se dedicó seis meses a escribir su libro de cuentos “Mientras Dios descansa”. Al terminar cumplió su sueño de viajar a Argentina donde conoció a Ernesto Sábato y lo entrevistarlo.

Regresó a Colombia y se internó de nuevo en Santo Domingo para seguir trabajando en el proyecto Carrasquilla, gracias al cual consiguió la biblioteca para el pueblo...... Se fue a vivir sola a una finca a la llamó Ítaca y con la compañía de su gata, pasaba tardes enteras leyendo y observando el pueblo desde la ventana de su cuarto. Luego de un año regresó a terminar su carrera en la Universidad dejando atrás su libro de cuentos y sumergiéndose en su trabajo de grado sobre el ferrocarril de Antioquia.

El libro

Fue hace poco, tan rápido e inesperado que asimilarlo aún resulta sorprendente, Claudia estaba llena de lágrimas, me abrazó fuerte sin decirme nada pero dejándome claro que lloraba de alegría. Compró dos tintos y sin dar vueltas me dio la noticia: dos horas antes su mama la llamó al celular: “hija, la llamaron de Eafit, ¡que le van a publicar el libro!”.

“Fue intuición” dice Mónica Palacios, editora del Fondo Editorial de la Universidad Eafit, al explicar porque sin saber quien era Claudia Arroyave escogió el libro de cuentos “Mientras Dios descansa”.

La Alcaldía de Medellín en esta Fiesta del libro 2007 convocó a diferentes editoriales para que en convenio con ella seleccionaran libros del programa “Beca a la creación” con el objeto de ser publicados. Sólo había un mes para editar, diagramar, encontrar una carátutula, hacer un prólogo. Claudia le envió a Mónica “la sobrinita piedad”, uno de los cuentos del libro: “respiré profundo y quedé sorprendida, Claudia era una escritora con talento, su trabajo limpio hizo que el proceso de edición que toma normalmente tres meses se pudiera ser en tan sólo uno”, comenta Mónica.

Son en total nueve cuentos que se desarrollan en un pueblo ficticio bastante religioso, en el que sus personajes se desenvuelven en historias pecaminosas. Héctor Abad Faciolince anota en la portada del libro: “De su propia experiencia provienen estos cuentos que al mismo tiempo tienen el encanto de lo familiar y lo lejano en lo que podría parecer -a una lectura rápida- que es un pueblerino, viene escondida una prodigiosa carga de vida moderna y de rebelión contemporánea”.

Hablar del estilo de Claudia es para Juan José Hoyos una travesía “sólo puedo decir que es ella, es su esencia” como él, Faciolince se pone de acuerdo al llamar estos cuentos como algo novedoso y rico de leer.