domingo, 2 de diciembre de 2007

ASÍ HABLÓ GERMÁN ESPINOSA

Por Margarita Isaza V.

El 17 de octubre murió un gran escritor caribeño. Los lectores han repasado su obra, y su figura ha sido recordada en diarios y revistas. Ya sólo resta escuchar la voz de su alma para que no se olvide su nombre.

Vivir

“Es tal vez superfluo hablar de ese tal don Germán, que deambula todavía, bohemio, insatisfecho, a medias desconocido, por esas calles de Dios. Prefiero que sea mi obra la que vaya conociéndose: es ella la que puede llegar a justificarme. Sobre mi vida personal han prosperado numerosos mitos, que no me animo jamás a confutar. Unos dicen que soy suave, benevolente; otros, que áspero, irritable. Los hombres somos, en punto a nuestro ser último, tantas personalidades distintas cuantas personas nos conozcan. Lo que digamos de nosotros mismos tiene poco valor. Nos gusta arreglar nuestra imagen para la posteridad. Fui amigo de algunos escritores muertos: León de Greiff, Camacho Ramírez, varios otros. Hice bohemia con ellos. Ahora suelo moverme en círculos reducidos, no hago vida social. He viajado un poco: he vivido en África, en Europa. No he hallado en esos viajes nada que me sea ajeno como latinoamericano. Por eso sigo afirmando nuestra condición universal, brotada de nuestro mestizaje de culturas. En la actualidad, vivo casi en función de la literatura, pese a no haber amasado jamás una fortuna. Estoy un poco perdido para el mundo, quizá también para el demonio. En la vida del hombre no suelen suceder más de dos o tres cosas realmente importantes. Para mí son importantes mi matrimonio, el nacimiento de mis hijos, muy pocos hechos más. No obstante amo, amo el universo, amo al detestable ser humano, amo a la desnaturalizada patria. Quizá no soy sino eso: un hombre capaz de apasionarse” (1).

“Aunque a ratos soy irritable, jamás me habita el frío sentimiento de la ira. Nunca he tomado venganza de nadie, nunca he alzado la mano contra nadie. No me interesa en absoluto la política literaria (entendiendo por tal las pequeñas intrigas, mezquindades y zancadillas del mundo de la literatura) y jamás he vetado a ningún colega. Cuando admiro a otro autor, no escondo esa admiración, sino todo lo contrario. La divulgo, la razono” (2).

Escribir

“Yo empecé a escribir a la edad de doce años, en 1950, y sólo escribía poesía lírica. Jamás me pasó por la cabeza, hasta diez años después, hacer narrativa. ¿Que qué buscaba? Bueno, yo leía mucha narrativa, sobre todo europea, y cuando empecé a leer libros colombianos me hallé con un realismo plano, sociologista, que casi divergía de la literatura. Me refiero a obras como Viento seco, Pogrom o Siervo sin tierra. Pésima literatura que, en ciertos casos, aún es predicada en los colegios. Colombia, después de haber producido María o 4 años a bordo de mí mismo, padecía una crisis de su fantasía creadora. El único boquete de luz era La hojarasca, de García Márquez, publicada en 1955. Fue entonces cuando se me ocurrió escribir cuentos fantásticos, que más tarde recogí en mi volumen La noche de la Trapa. Se trataba de volver la narrativa nacional a los terrenos de la imaginación, del sueño, incluso del delirio. Comencé a escribir esos cuentos en 1961 y publiqué algunos en el semanario Sucesos, que dirigía Rogelio Echavarría. El salto a la novela no lo di sino cinco años más tarde, cuando escribí La lluvia en el rastrojo (inicialmente titulada El escamoteo), que sólo vino a ser publicada al cabo de veinticuatro años. Entre 1967 y 1968, escribí Los cortejos del diablo, que apareció originalmente en Montevideo y Caracas en 1970. Yo había hecho una entrevista a Jorge Zalamea para la revista Letras Nacionales, y él me había manifestado su perplejidad ante el hecho de que nadie reparase, como material de novela, en nuestro pasado histórico. Una temporada que pasé en Cartagena me volvió a familiarizar con el mundo de la Inquisición y en él tomé impulso” (3).

“Ser verosímil significa ir hasta el arcoíris de lo fantástico. Nada más inverosímil, más fantástico y hasta más fantasmagórico que la vida real. Pero que quede claro: por fantástica que sea, una narración tiene que ser aceptada por el lector como algo que pudo ocurrir. De otro modo, el autor ha fracasado” (3).

“Alguna vez dije que yo, para escribir, no necesito ni silencio ni condiciones especiales. Escribo como sea y donde sea… siempre y cuando sienta la necesidad. He escrito a bordo de aviones, de trenes, en hoteles. Pero lo mismo puedo quedarme seis meses sin escribir nada, si no siento el impulso de hacerlo. Por supuesto, lo hago mejor rodeado de soledad o con la silenciosa compañía de Josefina, que lee mientras yo pulso las teclas” (4).

“Hice periodismo, incesantemente, entre 1955 y 1975. Así me gané la vida. Trabajé cinco años como redactor político en la United Press International, luego en Diariovisión, en El Siglo, en Vea, en El Tiempo… Lo que pasa es que el periodismo no fue nunca mi vocación. Por eso no traté de descollar mucho en él. Por regla general, no firmaba mis escritos, salvo las crónicas y los artículos de fondo” (3).

Su literatura

“La literatura no es una creencia, es un destino. La función del arte es la de aportar un goce, la de consolar, la de ensanchar la mente” (3).

“Las obras que mayor esfuerzo me costaron fueron, sin duda, La tejedora de coronas y El signo del pez. Tal cosa me inclina mucho hacia ellas, pero prefiero no establecer jerarquías, como no lo haría entre mis hijos. Si mira bien, después de La tejedora…, he publicado otras nueve obras en prosa, entre ellas cuatro que pertenecen al género ensayístico. Dentro de ese género, estimo mucho mi libro La aventura del lenguaje, que a cierto académico nariñense mereció sólo conceptos toscos y casi procaces. Hay ensayos míos, en Liebre en la luna, en los que nadie parece haber reparado, tal como el titulado ‘El despertar de los bacantes’, un análisis de lo apolíneo y lo dionisíaco como dos caras de la moneda creadora, cuyas veintisiete páginas me costaron cinco años de investigación” (5).

“No creo que sea posible ubicarme en escuelas, ni siquiera en tendencias. Mis maestros han sido de todas las épocas. En muchas ocasiones, por ejemplo, he hablado de la influencia que sobre mí han ejercido los poetas occitanos, y nadie parece conmoverse por tal cosa. A lo mejor ignoran quiénes fueron los poetas occitanos. Lo cierto es que en mí han dejado sedimento muchas obras y muchas culturas. Se repite que admiro a Mann, a Proust, pero se olvida que también a Rabelais, a Dumas, hasta al inefable Lesage. Nadie parece acordarse de que dos de mis grandes modelos fueron Sue y Dickens, y que venero a los góticos: Walpole, Lewis. Soy, en ese sentido, un escritor de síntesis, no de escuela ni de capilla, y se romperán la cabeza quienes obtusamente quieran seguir encasillándome en corrientes de moda. Escritores de síntesis fueron, en sus tiempos, Thomas Mann, Aldous Huxley, Hermann Hesse, Robert Graves” (5).

“Si usted repasa mis escritos, verá que mi tema más recurrente es el de la sociedad como implacable basilisco que mata cuanto mira. Es un tema que está presente en La tejedora de coronas, en El signo del pez y, desde luego, en Los ojos del basilisco. También la soledad del ser humano se encuentra presente en casi todos mis textos” (3).

La tejedora

“El día 20 de julio de 1969, el día en que el hombre llegó a la luna, después de haberme enterado de todas las peripecias del alunizaje, me surgió como brotada de un delirio astronómico la imagen de Federico Goltar descubriendo un planeta, no en la docta Europa, sino en la remota Cartagena de Indias, y justamente en los días anteriores inmediatos al asalto de la ciudad por la flota francesa” (4).

“Para mí Genoveva Alcocer es algo mucho más concreto. Es un ser de carne y hueso, a quien un triste mortal —que soy yo— transmitió el privilegio de, eventualmente, no morir nunca. Cuando pienso en ella, la veo viva en los distintos períodos de su vida: puedo verla ante mí a los dieciocho años, cuando era novia de Federico Goltar; puedo verla cercana a los noventa, cuando su proceso. La puedo ver con una fuerza de realidad superior a la cualquier otra de mis imaginaciones. La veo vestida, desnuda, afligida, exultante, patética, irónica… A veces, la deseo sexualmente, lo cual puede lamentablemente comportar un acto de narcisismo” (6).

Morir

“La muerte es una amiga que tenemos reservada, pero que, por regla general, no sabe golpear a tiempo” (5).

“Fui una página de Rubén Darío
que me alegró en la infancia profunda.
Fui una aliteración de Verlaine.
Fui un autorretrato de Van Gogh
que es el más bello reproche que se me hizo.
Fui el rosa pálido de un crepúsculo
o el instante en que, al concluirla,
reinicié la lectura de Ulises.
Fui esa noche en tus brazos
Fui la suma de mis instantes felices” (6).
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1. “Vida y obra de Germán Espinosa”, entrevista de Ruth Cano, grabada el 24 de noviembre de 1986 y transmitida por varias emisoras culturales.
2. “Espinosa: tiempos de transformación”, de Evelio Rosero Diago. Se publicó el 12 de mayo de 1991 en El Universal, de Cartagena.
3. “Entre el significado y la fantasía”, de Juan Manuel Silva. Se publicó en diciembre de 1996 en la revista Gaceta, del Instituto Colombiano de Cultura.
4. “Un escritor fascinado por las sectas esotéricas”, de Eloy Yagüe Jarque. Se publicó el 8 de mayo de 1998 en el suplemento Hoy x Hoy, de Caracas.
5. “Encuentro con Germán Espinosa”, de Luz Mery Giraldo. Se publicó en agosto de 1994 en la Revista de la Universidad del Valle, de Cali.
6. “Las confesiones de Germán Espinosa”, de Jorge Consuegra. Se publicó en noviembre de 1991, en varios diarios colombianos de provincia.

lunes, 26 de noviembre de 2007

SOMOS AMIGOS

UNA CUENTISTA BUENA ES DIFÍCIL DE ENCONTRAR

Por Claudia Arroyave

Según la reciente publicación en español de sus Cuentos completos, la obra de esta escritora norteamericana no supera los 31 relatos. Cargada de una sencillez magistral, Flannery O’Connor es, sencillamente, una deliciosa compañía siempre

Es mejor leer a Flannery en las mañanas, incluso antes de bañarse, porque mientras el agua sale de la ducha, las imágenes del cuento recién leído se pasean por la cabeza, revolotean adentro como pelotitas de lotería en una urna y se transforman, de pronto, en un monosílabo: “¡Uuuy!”, o en un adjetivo: “¡Tremendo!”, o en una interrogación: “¿Cómo es posible que un vendedor de biblias…?”.

A todos nos pasa: hay momentos en los que quisiéramos evadirnos, abrir un libro y masticar una historia corta y profunda, que nos renueve. Con las novelas uno siempre está esperando que pase algo, en medio de las interrupciones que son puntos suspensivos. Pero con los cuentos uno espera todo de una vez. Al terminar, algo tiene que haber cambiado, si no, no hay caso.

Y ahí están mis cuentistas favoritos. A excepción de Clarisse Lispector, Marvel Moreno y Margarite Yourcenar, todos hombres. “¿Qué otra mujer?”, le pregunté a un amigo. “¡Flannery O’Connor!”, me dijo, y ya soy yo la que la alabo.

Ahora la busco cada mañana, a ella que algún día dijo a un grupo de estudiantes con intenciones creativas: “La única manera de aprender a escribir cuentos es escribirlos, y luego tratar de descubrir qué es lo que se ha hecho”; a ella que me hizo devorar sus Cuentos completos, publicados en una edición DeBOLS!LLO (así se llama, me fijé bien), muy económica por cierto, en cuyo prólogo Contra el lector aburrido, acertadamente Gustavo Martín Garzo afirma: “El lector tiene ahora la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás”.

Ahí está, pues, metida en un libro gordo (849 páginas), pequeño y liviano, del tamaño de un cofre para guardar aretas. Están metidas sus historias, digo, porque el 3 de agosto de 1964, a sus treinta y nueve años, Flannery emigró al planeta del misterio al que van todos almas alguna vez. Se fue después de una enfermedad incurable, con la impuesta unción de los enfermos y un largo coma que tal vez fue su última metáfora.

Pero antes de la inminente despedida, apenas supo que tenía la misma enfermedad que se había llevado a su papá en 1941, se fue a vivir con su mamá a una granja cerca de Milledgville, en el Estado de Georgia, al sur de los Estados Unidos. Allá se dedicó simultáneamente a la cría de pavos reales y a la escritura de cuentos; allá vivía cuando se publicó en 1955 su primer libro de cuentos Un hombre bueno es difícil de encontrar, diez historias que justifican esta afirmación: “Flannery O’Connor es la gran narradora norteamericana del siglo XX”.

La vida suya parece uno más de los cuentos tristes que fue componiendo día a día en jornadas largas que comenzaban a las nueve de la mañana. Yo me la imagino sentada muy juiciosa, saliéndose del mundo frente a las hojas blancas, esforzándose por demostrar que “el arte es el hábito del artista”. También la imagino caminando apoyada en su muleta y contemplando sus pavos reales. Pero la imagino, no más, porque ella es prudente y no se rebela en sus cuentos. Sus historias son ficciones, no autobiografías, y parten, siempre, de uno o dos personajes con los que uno se familiariza y encariña antes de que ellos den el golpe final.

Esos personajes habitan un mundo rural. Los hay abuelos, adultos, jóvenes y niños; blancos, negros, polacos; religiosos, pecadores, ateos; todos distintos y claros ejemplos de una de las creencias de la escritora: “En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción en la historia”.

Al respecto, crean su acción un abuelo campesino resignado a vivir en un apartamento citadino, absolutamente aburridor, enamorado de un geranio vecino; Ruller, el niño introvertido que juega a cazar un pavo; Ruby, la mujer robusta que sueña con mudarse de casa.

Pero son increíblemente llamativas las personalidades de la abuela y del “Desequilibrado” en Un hombre bueno es difícil de encontrar, que no es una historia de amor, sino un viaje que hacemos rumbo a Florida montados en el carro de Bailey, con él, su esposa, sus hijos y su madre (la abuela del cuento); del general Sash que tenía ciento cuatro años y vivía con su nieta de setenta y dos, en Un encuentro tardío con el enemigo; del vagabundo Shiftlet, quien provoca un ahogo al lector en La vida que salvéis puede ser la vuestra; y de la joven con la pierna de palo y el vendedor de biblias en La buena gente del campo.

Y podría seguir señalando a los personajes de Flannery, pero ya que la encontré y mastiqué sus cuentos una vez, sería bueno releerla: volver a ella, sin duda, será otro descubrimiento.

Para El Transeúnte
Medellín, 27 de septiembre de 2007

UNA ESCRITORA JOVEN


Por Anamaría Bedoya Builes

Este sábado 15 de septiembre en el Jardín Botánico a las 7:00 p.m., en el salón de Juego literario, Claudia Arroyave estudiante de último semestre de la facultad de comunicaciones, lanzará su primer libro.



Claudia

En la tierra fría de Porfirio Barba Jacob, Santa Rosa de Osos, salió del vientre de Amparo Villa un veinte de agosto de 1983 una niña que veinticuatro años después le contaría al mundo qué pasa mientras Dios descansa.

Explosiva, cambiante, aventurera, anárquica, soñadora, existencial, impulsiva, bohemia, sencilla, tierna, talentosa... así es Claudia Arroyave, o “Koleia Arvila” un seudónimo que contiene una historia y amerita ser contada en otra ocasión por esto hablaré de la primera.

“La primera vez que hablé con Claudia yo iba tarde para la clase, me la encontré afuera del salón, me dijo que nos habían mandado a ver televisión a otra aula porque una avioneta se había chocado contra las torres gemelas. Íbamos preparadas para la clase, habíamos escuchado radio y visto noticieros así que nos sorprendió que Colin Powell cancelara su visita a Colombia por un simple accidente” cuenta Viviana Pineda, su mejor amiga. Las dos estudiaron periodismo en la Universidad de Antioquia, carrera que Claudia escogió gracias a Gabriel García Márquez.

A la edad de quince años, Claudia viajó a Medellín desde su pueblo junto a su familia. Gracias a su buen nivel académico, el Colegio Teresiano Santa Lucía la recibió en mitad de año para hacer el grado décimo. Terminó su bachillerato y cómo muchos jóvenes de su edad cargó con un signo de interrogación ante qué hacer con su vida.

Comenzó a estudiar negocios internacionales y al mismo tiempo tomó clases de guitarra. Todo el tiempo escribía en libretas, diarios, en sus manos, en sus zapatos, en las paredes de su cuarto y en cuanta cosa fuera rayable. Conoció un artesano en la calle y aprendió a hacer artesanías: manillas, collares, aretes. Decidió retirarse de la universidad porque eso no era lo suyo, ella quería ser actriz. Ingresó a una academia de teatro, allí comenzó a acercarse a la lectura. En una visita a su pueblo, John, su mejor amigo, descubrió que Claudia ya no era esa quinceañera que vio salir del pueblo: “hacía mucho rato que no la veía, estaba sentada en el parque de Santa Rosa de Osos mirando la luna. Ella es una persona kairológica”.

Todo iba muy bien hasta que un día, por esas cosas inexplicables de la vida, el destino desvió su camino. Claudia necesitaba un transplante urgente de córnea en el ojo derecho una incapacidad de tres años suspendió su sueño de estar en las tablas.

La depresión la invadió. El remedio, paradójicamente a pesar de su reciente operación, lo encontró en los libros, a partir de ese día sus ojos se convirtieron en su principal herramienta. Cortazar la sumergió en el sueño de conocer Argentina y García Márquez la envolvió en el deseo de ser periodista. Esta mujer, con un estado delicado de salud, dedicó sus tardes a estudiar álgebra, su recompensa fue el ingreso al pregrado de periodismo de la Universidad de Antioquia.

“Se mantenía vestida con unas faldas extrañas que ella misma diseñaba, tan largas que arrastraban por el piso, mantenía las manos llenas de manillas, era muy inquieta y preguntona, salía con las cosas más cómicas y los personajes más extraños. Un día, llevé a los alumnos al centro y cuando miré a Claudia ya iba montada en una carreta hablando con un señor”. Esto cuenta Juan José Hoyos.... a quien ella considera su maestro. La historia de una peluquería gay en La Minorista, plaza de mercado popular, su primera historia narrativa, atrapó la atención de Juan José quien comenzó a prestarle libros de literatura clásica y la invitó a hacer parte del Club de Lectura John Reed, un espacio extra-clases para leer y conversar de literatura.

Luego de estar en la universidad entusiasmada con su carrera, el ojo izquierdo pedía, también, con urgencia un transplante de córnea, estaba en segundo semestre y tuvo que emprender una carrera contra el tiempo para entregar sus trabajos finales antes de la intervención quirúrgica. El silencio durante casi cuatro meses después de la operación dibujó en su rostro a la tristeza. Un año después de la primera operación, con el objetivo de eliminar su miopía se sometió a una intervención láser que el ojo rechazó y además perjudicó el transplante de córnea. Claudia sólo ve bien por su ojo izquierdo. “Son ojos especiales que pueden ver cosas que otros no” dicen Juan José.

Colima

Doña Amparo trabajaba como maestra en la vereda los Llanos de Cuivá. Todos los días viajaba en volqueta con Claudia de apenas cuatro años y la dejaba en el kinder los Capullitos con una colega suya y al final de la jornada laboral regresaba con ella al pueblo. De estos recorridos nació el amor de Claudia por los viajes y las aventuras. Su primera y más profunda experiencia fue en Colima, México, por medio de un intercambio que obtuvo en sexto semestre de su carrera, a la Universidad de Colima.

Dos viejos que tocaban música en un parque de Colima fueron víctimas de la curiosidad de Claudia y el motivo de aplausos de un curso sorprendido ante una colombiana que les mostraba como hacían crónica en la escuela de donde ella venía. Su maestra colimense encantada por el talento de la nueva alumna publicó la crónica en el suplemento literario del periódico “Ecos de la costa” y allí Claudia trabajó escribiendo durante todo el tiempo que se quedó en México. Sus compinches en las noches fueron Rulfo, Chejov y Yourcenar.

Fue en un taller de narrativa con el escritor mexicano Bernardo Ruiz donde nació la idea de crear un libro de cuentos, el primero de ellos lo llamó “En la cantina el cantinero”. Fue en México donde conoció a Saramago y a García Márquez en una feria del libro. Fue en ese país tan encantador donde vivó el último mes de su estadía en una playa con un grupo de hippies con los que vendió pan y se alimentó de pescado.

El regreso

Después de semejante viaje y experiencia volvió Colombia como a quien expulsan del paraíso, pero aquí la vida le tenía otra sorpresa. Desubicada y apenas adaptándose, un amigo le propuso presentarse para el concurso “Beca a la creación” un programa de la Alcaldía de Medellín, que apoya proyectos literarios. Ella retomó lo aprendido en México y del curso con Bernardo Ruiz aprovechó su proyecto de un libro de cuentos y lo presentó al concurso.

Desprevenida, un mes después de la convocatoria, recibió la noticia de ser la ganadora de la beca. Al mismo tiempo Carlos Enrique Restrepo, alcalde de Santo domingo, el pueblo frío, feo y faldudo de Tomás Carrasquilla le propuso desarrollar un proyecto cultural en el municipio sobre este escritor costumbrista. Durante un año, Claudia estuvo lejos de la academia, de la ciudad, de las noticias. Se dedicó seis meses a escribir su libro de cuentos “Mientras Dios descansa”. Al terminar cumplió su sueño de viajar a Argentina donde conoció a Ernesto Sábato y lo entrevistarlo.

Regresó a Colombia y se internó de nuevo en Santo Domingo para seguir trabajando en el proyecto Carrasquilla, gracias al cual consiguió la biblioteca para el pueblo...... Se fue a vivir sola a una finca a la llamó Ítaca y con la compañía de su gata, pasaba tardes enteras leyendo y observando el pueblo desde la ventana de su cuarto. Luego de un año regresó a terminar su carrera en la Universidad dejando atrás su libro de cuentos y sumergiéndose en su trabajo de grado sobre el ferrocarril de Antioquia.

El libro

Fue hace poco, tan rápido e inesperado que asimilarlo aún resulta sorprendente, Claudia estaba llena de lágrimas, me abrazó fuerte sin decirme nada pero dejándome claro que lloraba de alegría. Compró dos tintos y sin dar vueltas me dio la noticia: dos horas antes su mama la llamó al celular: “hija, la llamaron de Eafit, ¡que le van a publicar el libro!”.

“Fue intuición” dice Mónica Palacios, editora del Fondo Editorial de la Universidad Eafit, al explicar porque sin saber quien era Claudia Arroyave escogió el libro de cuentos “Mientras Dios descansa”.

La Alcaldía de Medellín en esta Fiesta del libro 2007 convocó a diferentes editoriales para que en convenio con ella seleccionaran libros del programa “Beca a la creación” con el objeto de ser publicados. Sólo había un mes para editar, diagramar, encontrar una carátutula, hacer un prólogo. Claudia le envió a Mónica “la sobrinita piedad”, uno de los cuentos del libro: “respiré profundo y quedé sorprendida, Claudia era una escritora con talento, su trabajo limpio hizo que el proceso de edición que toma normalmente tres meses se pudiera ser en tan sólo uno”, comenta Mónica.

Son en total nueve cuentos que se desarrollan en un pueblo ficticio bastante religioso, en el que sus personajes se desenvuelven en historias pecaminosas. Héctor Abad Faciolince anota en la portada del libro: “De su propia experiencia provienen estos cuentos que al mismo tiempo tienen el encanto de lo familiar y lo lejano en lo que podría parecer -a una lectura rápida- que es un pueblerino, viene escondida una prodigiosa carga de vida moderna y de rebelión contemporánea”.

Hablar del estilo de Claudia es para Juan José Hoyos una travesía “sólo puedo decir que es ella, es su esencia” como él, Faciolince se pone de acuerdo al llamar estos cuentos como algo novedoso y rico de leer.