Por Claudia ArroyaveSegún la reciente publicación en español de sus Cuentos completos, la obra de esta escritora norteamericana no supera los 31 relatos. Cargada de una sencillez magistral, Flannery O’Connor es, sencillamente, una deliciosa compañía siempre
Es mejor leer a Flannery en las mañanas, incluso antes de bañarse, porque mientras el agua sale de la ducha, las imágenes del cuento recién leído se pasean por la cabeza, revolotean adentro como pelotitas de lotería en una urna y se transforman, de pronto, en un monosílabo: “¡Uuuy!”, o en un adjetivo: “¡Tremendo!”, o en una interrogación: “¿Cómo es posible que un vendedor de biblias…?”.
A todos nos pasa: hay momentos en los que quisiéramos evadirnos, abrir un libro y masticar una historia corta y profunda, que nos renueve. Con las novelas uno siempre está esperando que pase algo, en medio de las interrupciones que son puntos suspensivos. Pero con los cuentos uno espera todo de una vez. Al terminar, algo tiene que haber cambiado, si no, no hay caso.
Y ahí están mis cuentistas favoritos. A excepción de Clarisse Lispector, Marvel Moreno y Margarite Yourcenar, todos hombres. “¿Qué otra mujer?”, le pregunté a un amigo. “¡Flannery O’Connor!”, me dijo, y ya soy yo la que la alabo.
Ahora la busco cada mañana, a ella que algún día dijo a un grupo de estudiantes con intenciones creativas: “La única manera de aprender a escribir cuentos es escribirlos, y luego tratar de descubrir qué es lo que se ha hecho”; a ella que me hizo devorar sus Cuentos completos, publicados en una edición DeBOLS!LLO (así se llama, me fijé bien), muy económica por cierto, en cuyo prólogo Contra el lector aburrido, acertadamente Gustavo Martín Garzo afirma: “El lector tiene ahora la oportunidad de conocer una de las obras más intensas, perturbadoras y bellas que se han escrito jamás”.
Ahí está, pues, metida en un libro gordo (849 páginas), pequeño y liviano, del tamaño de un cofre para guardar aretas. Están metidas sus historias, digo, porque el 3 de agosto de 1964, a sus treinta y nueve años, Flannery emigró al planeta del misterio al que van todos almas alguna vez. Se fue después de una enfermedad incurable, con la impuesta unción de los enfermos y un largo coma que tal vez fue su última metáfora.
Pero antes de la inminente despedida, apenas supo que tenía la misma enfermedad que se había llevado a su papá en 1941, se fue a vivir con su mamá a una granja cerca de Milledgville, en el Estado de Georgia, al sur de los Estados Unidos. Allá se dedicó simultáneamente a la cría de pavos reales y a la escritura de cuentos; allá vivía cuando se publicó en 1955 su primer libro de cuentos Un hombre bueno es difícil de encontrar, diez historias que justifican esta afirmación: “Flannery O’Connor es la gran narradora norteamericana del siglo XX”.
La vida suya parece uno más de los cuentos tristes que fue componiendo día a día en jornadas largas que comenzaban a las nueve de la mañana. Yo me la imagino sentada muy juiciosa, saliéndose del mundo frente a las hojas blancas, esforzándose por demostrar que “el arte es el hábito del artista”. También la imagino caminando apoyada en su muleta y contemplando sus pavos reales. Pero la imagino, no más, porque ella es prudente y no se rebela en sus cuentos. Sus historias son ficciones, no autobiografías, y parten, siempre, de uno o dos personajes con los que uno se familiariza y encariña antes de que ellos den el golpe final.
Esos personajes habitan un mundo rural. Los hay abuelos, adultos, jóvenes y niños; blancos, negros, polacos; religiosos, pecadores, ateos; todos distintos y claros ejemplos de una de las creencias de la escritora: “En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción en la historia”.
Al respecto, crean su acción un abuelo campesino resignado a vivir en un apartamento citadino, absolutamente aburridor, enamorado de un geranio vecino; Ruller, el niño introvertido que juega a cazar un pavo; Ruby, la mujer robusta que sueña con mudarse de casa.
Pero son increíblemente llamativas las personalidades de la abuela y del “Desequilibrado” en Un hombre bueno es difícil de encontrar, que no es una historia de amor, sino un viaje que hacemos rumbo a Florida montados en el carro de Bailey, con él, su esposa, sus hijos y su madre (la abuela del cuento); del general Sash que tenía ciento cuatro años y vivía con su nieta de setenta y dos, en Un encuentro tardío con el enemigo; del vagabundo Shiftlet, quien provoca un ahogo al lector en La vida que salvéis puede ser la vuestra; y de la joven con la pierna de palo y el vendedor de biblias en La buena gente del campo.
Y podría seguir señalando a los personajes de Flannery, pero ya que la encontré y mastiqué sus cuentos una vez, sería bueno releerla: volver a ella, sin duda, será otro descubrimiento.
Para El Transeúnte
Medellín, 27 de septiembre de 2007